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La Zona Siete: segunda parte.

Partió a altas horas de la noche, cuando la oscuridad lo cubría todo bajo un manto de nubes. Beth recogió sus escasas pertenencias y las guardó en su mochila antes de salir del refugio. Si había una posibilidad de sobrevivir lejos del alcance de las explosiones, estaba dispuesta a intentarlo.
Anduvo por la ciudad con el corazón en un puño, pegada a las fachadas de los edificios que todavía permanecían en pie. Apenas lograba orientarse entre tanta penumbra, pero tenía miedo de encender el mechero y que aquello desvelase su posición. Entornó los ojos, tratando de ver el mapa en la oscuridad mientras seguía el camino que creía correcto.
Estaba prácticamente segura de que la Zona Siete existía. Eran muchos quienes lo comentaban. Al principio no eran más que meras habladurías, pero los escasos refugiados que mantenían contacto con el exterior plantaron la simiente, que creció tan alto como una planta enredadera.
Se detuvo en seco cuando escuchó el ruido de un helicóptero. Contuvo la respiración y se pegó a la pared todo lo que pudo, intentando mimetizarse con las sombras. Notó las pertenencias clavándose en su espalda a través de la mochila. Si la descubrían… El corazón se le aceleró. La luz del foco pasó deslizándose por el asfalto, haciendo la habitual ruta de vigilancia. Tenía que llegar a las afueras de la ciudad cuanto antes.
Beth corrió calle abajo cuando el ruido del helicóptero se fue perdiendo en la distancia. Sorteó los vehículos abandonados e intentó no tropezarse con ningún obstáculo. Sin embargo, algo se enredó en sus pies y la hizo trastabillar, cayendo de bruces contra el hormigón. El mapa se le escurrió de las manos. Soltó un quejido entre el estruendo que provocó en mitad de la noche, maldiciendo su mala suerte. ¿Cómo se le ocurría echar a correr sin tener buena visibilidad? Había sido fruto de la desesperación, sin duda.
Se incorporó un poco y descubrió unos cables enredados en torno a su tobillo. La herida de su antebrazo se resintió, por lo que Beth apretó los dientes y comprobó el vendaje. Todo estaba en su sitio, exceptuando una pequeña mancha oscura que empezaba a empapar la tela. Soltó un bufido de frustración antes de comenzar a desenredar el amasijo de cables. No obstante, su corazón se detuvo de golpe cuando el sonido apareció otra vez. La joven permaneció inmóvil, sentada en el suelo. El helicóptero había regresado. Sus dedos trabajaron más deprisa para intentar liberar su tobillo, pero los nervios se habían apoderado de ella y la tarea le estaba resultando imposible.
La luz del foco recorrió la carretera de arriba abajo. La iban a descubrir. Tenía que salir de allí cuanto antes. Después de varios intentos logró deshacerse su atadura, pero ya era demasiado tarde: la luz amarillenta la había localizado en mitad de la oscuridad. Se puso en pie rápidamente, recuperó el mapa y echó a correr. Tenía que perderlos, lograr escabullirse y esconderse en alguna parte. Sin embargo, el helicóptero la tenía bien localizada.
Beth respiraba entre jadeos. El peso de la mochila ralentizaba su huida, pero no estaba dispuesta a rendirse. Dobló una esquina y llegó a la estación. El edificio tenía el mismo aspecto que el resto de aquella ciudad fantasma. Además, el tren se encontraba abandonado a mitad de camino de la parada.
La joven logró esconderse tras unas rocas, al lado de un gran seto. El helicóptero pasó de largo. Contuvo la respiración hasta que el sonido de las aspas se desvaneció. El corazón seguía latiéndole a una velocidad peligrosa, mas la joven no se atrevió a salir de su escondrijo hasta pasado un buen rato.
El cielo comenzaba a clarear por el horizonte, tiñéndolo de las tonalidades anaranjadas previas al amanecer. Beth miró a su alrededor y se puso en pie cuando comprobó que no había nadie cerca. Tenía la venda empapada. La quemadura se le debía de haber abierto en la caída, de ahí que hubiera comenzado a sangrar. Se percató de que sus dedos estrangulaban el mapa, hecho un amasijo de pliegues y arrugas. Todavía podía llegar a la Zona Siete.
Caminó por los alrededores buscando un vehículo que tuviera las llaves puestas. La gente los había abandonado y con suerte lograría encontrar uno con el depósito lleno. El corazón le latía al ritmo de un tambor de guerra, haciendo resonar las pulsaciones dentro de sus oídos. No obstante, estuvo a punto de vomitarlo cuando unas voces le llegaron desde un lugar no muy lejos de allí.
Beth se volvió hacia todas partes, intentando localizar un nuevo escondrijo. No hablaban su idioma, por lo que no podía entender lo que decían. Aun así, la joven estaba segura de que la estaban buscando.
Trató de ocultarse detrás de un coche, pero pisó una rama seca y se partió por la mitad. Las voces se callaron. Beth maldijo en silencio, acuclillándose para no ser descubierta. Los hombres aparecieron al poco tiempo. Los vio a través de los cristales, uniformados con los trajes protectores. Miraban hacia todas direcciones, guiando sus linternas por el suelo. Aunque aún era muy pronto, todavía había la suficiente oscuridad como para no ver perfectamente.
Beth cerró los ojos. Hablaban en susurros. Estrujó el mapa contra su pecho, procurando que las pertenencias de su mochila no se movieran y no hicieran ruido. Una de las luces se deslizó por debajo del coche, llegando hasta uno de sus pies. Contuvo el aliento. Los hombres hablaron más alto y fue consciente de que tenía que volver a correr.
Salió del escondrijo y huyó hacia el tren. La persiguieron. Lo supo por el ruido de las botas al deslizarse sobre el terreno pedregoso. Beth logró alcanzar uno de los vagones, con la respiración entrecortada. Cuando se volvió hacia sus perseguidores, descubrió que uno de ellos portaba un cañón solar. Lo estaba cargando. Podía ver la masa de energía en el fondo, aumentando de intensidad poco a poco. Recordó los daños que causaba, las heridas, el olor a carne quemada.
Sus ojos se abrieron como platos. Se deshizo de la mochila. Soltó el mapa. Se lanzó al suelo y se coló entre el tren y las vías, intentando llegar al otro lado reptando como una lombriz.
Sintió la explosión instantes después. Los vagones ardían sobre ella. Apenas podía respirar. Sin querer rozó una rueda con el antebrazo, arrancándole un grito de dolor al notar el calor que desprendía. Se obligó a llegar al otro extremo, entre toses y jadeos.
Un descampado se extendía frente a ella. Vislumbró unas motos de montaña abandonadas no muy lejos de allí. Echó a correr. Sabía que los hombres no tardarían en rodear el tren para capturarla. Examinó una Apollo Orion, descubriendo las llaves puestas. Se montó. Las hizo girar. El motor rugió en mitad del claro.
Sus labios se curvaron en una media sonrisa, llena de alivio y júbilo. Aceleró, dejando atrás a los hombres. A pesar de haber perdido el mapa, Beth estaba convencida de que lograría llegar a la Zona Siete.

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