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Clémence: primera parte.

Parecía sangre, pero no lo era. Vio su reflejo en la superficie oscura del vino, donde unos ojos negros le devolvieron la mirada. Se llevó la copa a los labios y sorbió un poco. El sabor dulce y especiado inundó su paladar casi al instante.
Su padre se había encargado de organizar la boda. Le había buscado un marido que le triplicaba la edad, un hombre que portaba una máscara de hieratismo frente al mundo. Le observó de reojo, sin soltar su copa.
Lord Tulyn Hawtrey cortaba su ración de codorniz bañada en mantequilla con meticulosidad, haciendo que una columna de vapor trepase hasta el techo. Clémence miró su propio plato, todavía intacto. Apenas había probado la sopa dulce de calabaza que las criadas habían servido al inicio de la cena, pues notaba el estómago cerrado y aunque la codorniz tenía mejor pinta, tampoco le llamaba la atención.
Bebió más vino, acariciando el mango plateado del cuchillo con las yemas de los dedos. Había sido un matrimonio a traición, por conveniencia. Su padre estaba arruinado y Clémence había pasado a ser una carga para la familia, por lo que la mejor opción para todos era entregársela a alguien que pudiera hacerse cargo de ella.
—¿No piensas probar la cena?
Salió de sus ensoñaciones cuando su voz grave le acarició los oídos con suavidad. Al volverse hacia él descubrió que la observaba atentamente con sus ojos grises. Clémence no respondió. Volvió a concentrarse en su ración intacta, sintiéndose cada vez más nerviosa.
Apenas conocía a su esposo. Su padre se ocupó de hablar con las personas indicadas, ofreciéndola en matrimonio. No obstante, su apellido dejó de tener influencia muchos años atrás y el valor de sus tierras se devaluó tanto que hasta los criados fueron abandonándoles poco a poco. Ningún hombre se interesó en la joven y los pocos que lo hicieron perdieron el interés en cuanto descubrieron ciertas manías peculiares que poseía.
Sus dedos se cerraron en torno al mango del cubierto. Las voces de los comensales le llegaban distorsionadas desde diferentes puntos del comedor, pues Clémence no prestaba atención a ninguno de ellos.
Había anochecido hacía rato. Sin embargo, a pesar de que la sala estaba repleta de cirios, la iluminación seguía pareciéndole escasa. Apretó el cuchillo con más fuerza, sin ser consciente de ello. No obstante, unos dedos hábiles deshicieron la presa que había formado en torno al mango.
Contuvo la respiración y movió los pies bajo la mesa, nerviosa. No estaba acostumbrada a ese tipo de contacto. Sus ojos perlados se detuvieron en los suyos durante un instante más breve que un parpadeo, para después asir sus cubiertos y comenzar a partirle la codorniz. Lord Tulyn retiró la piel, dejándola en el borde del plato. Después empezó a trocearle la ración en pedacitos pequeños y regulares, apartando también los huesos. La joven observó cada detalle en tensión, con la vista clavada en los estudiados movimientos que hacían el cuchillo y el tenedor.
—Tu padre te ha consentido demasiado —Clémence giró el rostro hacia él, que seguía troceando la carne sin mirarla—. Ya tienes edad para hacer esto tú sola.
La joven continuó en silencio, aprovechando que la atención de su esposo estaba centrada en otra cosa para analizar sus facciones. Tenía los pómulos altos y la mandíbula fuerte, con una barba espesa de una tonalidad trigueña. Sus rasgos poseían armonía a pesar de ser duros. Lo que más resaltaba de él era la nariz ganchuda, grande y curva como el pico de un buitre.
—Te creía más disimulada, Clémence.
Desvió la mirada rápidamente hacia el frente, consciente de que había sido descubierta. Sus mejillas se tiñeron de grana, avergonzada. No le prestaba atención y, sin embargo, la había visto.
—Noche —dio de pronto, con el nerviosismo propio de un cervatillo indefenso.
Su marido la contempló por fin, arqueando una ceja. No parecía saber a qué se refería, por lo que esperó paciente una explicación.
—Todos me llaman así, mi señor: Noche.
Lord Tulyn ladeó la cabeza, mostrando cierta curiosidad.
—¿Por qué? —sus labios se movieron despacio, dejando escapar su voz grave en otra delicada caricia.
Clémence se centró en el plato. Su esposo había soltado los cubiertos, por lo que la joven los recuperó y limpió los mangos con la servilleta, de forma escrupulosa. Hawtrey la miraba fijamente, analizando cada una de las peculiaridades que poseía su joven mujer.
Cuando recibió el halcón proveniente de Escia con la oferta de un matrimonio apalabrado, lord Tulyn Hawtrey tardó varias semanas en responder. Lord Walter Weston le ofrecía a su única hija como esposa, garantizándole su fertilizad para asegurarle el legado que un hombre como él merecía. Al principio se había mostrado desconfiado. Su primera mujer no le dio ningún heredero y murió accidentalmente cuando su caballo se encabritó y la tiró contra un poyo de piedra. La segunda cogió unas fiebres poco después de su enlace, por lo que no hubo posibilidad alguna de concebir.
La mala suerte parecía perseguirle, por eso mismo se mostró reacio a un tercer matrimonio. No obstante, la idea de perder sus tierras y posesiones era algo que le atormentaba por las noches. No quería que ninguno de sus vasallos asaltase su fortaleza cuando él estuviera en el lecho de muerte. Por ese motivo, a la quinta semana fue cuando lord Tulyn se dignó a responder a la carta, informando a su posible suegro de una visita futura para conocer a la muchacha.
Clémence Weston le sorprendió, aunque nunca supo si para bien o para mal. Su primer encuentro fue a las puertas del castillo Weston, donde sus anfitriones habían salido a recibirle. Apenas intercambiaron palabras, pero Tulyn Hawtrey se fijó incluso en los detalles más nimios. Su futura cónyuge gozaba de una belleza extraña, poco frecuente. Su cuerpo menudo apenas poseía curvas y sus extremidades eran largas y muy finas. La piel que cubría sus músculos tenía una tonalidad cerúlea que se le antojó enfermiza. Tal vez durase menos que sus anteriores esposas, pero tampoco perdía nada por comprobarlo.
—Es por mis ojos —explicó por fin, sacando a Tulyn de sus recuerdos.
El hombre lo sospechaba. Su frágil mujer tenía los ojos tan oscuros como verdaderos abismos, donde la pupila y el iris apenas se diferenciaban. Además, el cabello azabache enmarcaba su rostro con numerosos bucles que caían por su espalda de forma desordenada.
Esbozó una sonrisa apenas perceptible.
—Yo no soy «todo el mundo» —aclaró, escrutándola—. Soy tu marido, Clémence.
Hawtrey endureció su expresión. Sus ojos grises se volvieron de ónice.
—Termínate la cena.
El tono fue tan autoritario que la muchacha no tuvo más remedio que obedecer. Aferró los cubiertos con más fuerza y comenzó a separar los trocitos de codorniz de las verduras hervidas.
—¿Por qué haces eso?
Noche no le miró, pues estaba concentrada en alejar las judías lo máximo posible de la carne. Dentro de las verduras y hortalizas, separó las alubias de los trozos de zanahoria.
—No se pueden tocar, mi señor —sentenció.
Tulyn arqueó una ceja dorada, aunque su mujer no lo vio. Era la primera vez en su vida que veía a alguien separar los alimentos dentro de un mismo plato.
—¿Por qué no se pueden tocar? —preguntó con voz severa.
Inspiró hondo, haciendo un esfuerzo por no perder la paciencia. Su conducta no era normal. ¿Acaso importaba cómo estuvieran dispuestos los trozos de carne y de verdura? Eran comida, maldita sea.
—No lo sé —confesó en un murmullo. Frunció el ceño y sus cejas negras como la tinta estuvieron a punto de rozarse. Incluso ella misma parecía confusa—, pero no me gusta. Tienen que estar ordenados.
Hawtrey dejó escapar un suspiro, mas su mirada conservaba una dureza pétrea. Clémence era rara, aunque su padre la había descrito como «especial». Lord Tulyn había visto algo sospechoso en esa familia desde el momento en que desmontó del caballo para ir a presentarse. El castillo era demasiado viejo y el viento silbaba cuando se colaba por entre las rendijas de los sillares que formaban sus muros. Además, el ala oeste se había quemado durante un incendio, por lo que las paredes estaban tiznadas de hollín. Era una fortaleza deprimente y sucia, mal conservada. Lord Weston se había empobrecido tanto que los pocos criados a los que no había despedido se habían ido marchando con el tiempo, por lo que apenas quedaba servicio para mantener el castillo en buen estado.
—A mí también me gusta el orden —confesó, sin apartar la vista de la muchacha.
Su delicada esposa se volvió hacia él, desconcertada. Pocos hombres habían mostrado interés en ella y aquél que lo había hecho renunció a la conquista cuando su padre les comentaba las singularidades que mostraba. Con el tiempo, lord Walter fue suprimiendo información para evitar la huida de los posibles prometidos. No obstante, la familia Weston pareció estar marcada por la desdicha hasta la llegada de Hawtrey.
Al principio le habían parecido meros detalles, curiosidades que presentaba Clémence.  El día de su encuentro, durante el almuerzo, la joven tardó en sentarse a la mesa porque se había estado lavando las manos de forma repetitiva en una vasija con agua.
—¿Habláis en serio?
Tulyn asintió. Sus ojos perlados se clavaron en los de ella, tan oscuros que resultaban atrayentes.
—Y la pulcritud —sentenció.
Una cucaracha pasó correteando por el mantel. Hawtrey hizo una mueca de disgusto antes de alzar su copa y aplastar al insecto sin escrúpulos, dejándolo sepultado bajo la base metálica.
Clémence observó la escena, extrañamente cautivada. Su esposo la había visto colocar las tazas de té en el ángulo apropiado, limpiar la cubertería con un paño impoluto antes de tocarla con sus propias manos o alisarse el vestido una y otra vez a pesar de no tener pliegues. Y, sin embargo, allí estaba. Su padre le había presentado a tantos falsos pretendientes que cuando Tulyn aceptó su oferta de matrimonio, la joven no se lo creyó.
Aun así, Noche nunca estuvo dispuesta a casarse. Hawtrey era demasiado mayor y, aunque tenía suficiente dinero como para sacar de la miseria a varias ciudades empobrecidas, la joven se negó en rotundo ante tal matrimonio. «Te estoy haciendo un favor», le había dicho su padre. «Ya no te puedo mantener». Por eso, la fecha del enlace se estableció para el catorce de febrero, varios días más tarde.
—Termínate la cena, Clémence —insistió su marido—. No lo volveré a repetir.
Le vio tamborilear los dedos contra la mesa. La tela del mantel anulaba los ruidos sordos. Además, los pocos invitados que habían acudido a su enlace formaban demasiado barullo como para percibirlos. Sin embargo, a la muchacha le hubiera gustado escuchar su sonido.
Inspiró hondo antes de pinchar un trozo de codorniz y llevárselo a los labios. Cuando lo masticó descubrió que ya estaba frío, aunque seguía muy tierno. La textura le gustó. La carne conservaba su sabor, lejos de la contaminación de las verduras.
Lord Tulyn se apoyó contra el respaldo de la silla cuando terminó su ración, observándola comer. Parecía ligeramente más relajado, satisfecho con su obediencia.
—Dejad de mirarme —Noche se volvió hacia él, a punto de llevarse otro trozo de carne a la boca—. No me gusta.
Sus ojos grises centellearon, impasibles. No había muchas personas capaces de mostrar esos matices de rebeldía contra él.
—Acostúmbrate —repuso, sin apartar la vista de ella—. Eres mi esposa.
La joven frunció aún más el ceño, molesta. Tenía ganas de responderle, pero sabía que tenía razón. Cualquier cosa que pudiera decir no serviría de nada. Por eso mismo decidió centrar su atención en el plato de codorniz y comerse sólo la carne, con extremada lentitud.
Hawtrey alzó la copa para beber un poco de vino, dejando la cucaracha al descubierto. Un líquido espeso manchaba el mantel alrededor de su cadáver, aunque éste todavía movía las antenas en pequeños espasmos involuntarios. Cuando terminó de matar la sed, lord Tulyn volvió a cubrir el insecto con la base de la copa.
—En cuanto amanezca te sacaré de aquí —informó, mirándola de reojo.
Clémence también tomó un gran trago de vino. No era ninguna sorpresa, pero le costaba asumirlo. Cuando las luces del alba rozasen el horizonte la muchacha abandonaría su paupérrimo hogar en un carromato con las escasas pertenencias que le quedaban, directa a la exuberante fortaleza de su señor esposo. «En cuanto amanezca». La voz sonó como un eco dentro de su mente. «En cuanto amanezca». Sin embargo, primero pasarían la noche juntos. La idea le encogió el estómago. El corazón se le aceleró y Noche no pudo hacer otra cosa que inspirar hondo para intentar calmar los nervios.
No estaba preparada para eso. No podría estarlo ni aunque su esposo fuese el hombre más atractivo del planeta. Tragó saliva y se giró hacia él. Los invitados fueron bajando el volumen de las conversaciones hasta que un silencio espeso se apoderó del salón. Lord Tulyn se puso en pie lentamente. Era la hora.



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