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Putrefacción era su nombre.

Hacía tiempo que había muerto. Era extraño, porque sus órganos seguían funcionando incluso después de tomar la decisión de abandonar el mundo.
Se sentía frustrada. Una parte de ella había empezado a descomponerse por voluntad propia y, sin embargo, la otra se empeñaba en mantener su organismo activo. Era realmente agotador estar muerta en vida. Quería ponerle fin, pero sentía que todavía no había llegado el momento oportuno. Esperaba algo, pero no sabía qué. A veces creía que sucedería algún acontecimiento en un futuro cercano lo suficientemente importante como para volver a poner en funcionamiento sus conexiones sinápticas.
Pero el tiempo pasaba.
Y, aunque la realidad seguía siendo la misma, su mundo interior se desmoronaba. Alguien había apretado el botón de detonación. Alguien había decidido que su refugio no era lo suficientemente bueno para aislarla del resto y ese alguien había sido ella.
Estaba furiosa consigo misma porque no era capaz de ser valiente. ¿Quieres la muerte definitiva? Adelante, hazlo. Pero nunca daba el paso, porque tenía la estúpida esperanza de que esa espera indefinida sirviese de algo. Quería creer que en un futuro nítido cuando sus perspectivas reales estaban pobladas de nubarrones.
Necesitaba un mecánico. Era algo más que obvio. Había tardado demasiado tiempo en descubrirlo por ella misma, pero lo necesitaba. Y eso le sacaba de quicio. Pensar que necesitaba ser reparada porque se estaba cayendo a pedazos era algo que la llenaba de ira y aumentaba sus ganas de poner punto y final a su historia.
Para ella era humillante estar rota, aunque era algo que nadie sabía. Frente al mundo su apariencia era estable. Era una estatuilla de porcelana, de superficie blanca y pulida, sin embargo, por dentro la cosa era bien distinta. Las grietas estaban ocultas. No le hacían daño, pero eran pequeños parásitos que la consumían poco a poco.
A diario se preguntaba cuánto tiempo aguantaría. Cuánta espera estaría dispuesta a soportar antes de tirar la toalla. O de ser valiente.
Estaba en un punto muerto. Había perdido las coordenadas y no tenía brújula. Además, su orgullo le impedía moverse del sitio para buscar al mecánico.
Ni hablar. La autocompasión no era la solución.
Seguiría siendo una estatuilla impoluta hasta que las grietas acabasen partiéndola definitivamente.

Comentarios

  1. Es un relato gris. Oscuro, más bien. Es un punto de vista original y tenebroso, una metáfora perfecta: romperse por dentro como una estatuilla de porcelana. Tus frases son intensas y, como siempre, perfectas. Me ha gustado especialmente esa contraposición querer-poder.
    Raro y excelente.
    Un besazo.

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  2. "A diario se preguntaba cuánto tiempo aguantaría. Cuánta espera estaría dispuesta a soportar antes de tirar la toalla. O de ser valiente".
    Ay, me has tocado un poquito aquí dentro *señala el corazón*

    ¿Quién no necesita ese mecánico?

    ResponderEliminar
  3. Muchas gracias por vuestras opiniones, chicas. Agradezco que me dediquéis vuestro tiempo. ♥

    Kirta, creo que en el fondo -por suerte o por desgracia- todo el mundo lo necesita.

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