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Regla número cinco: segunda parte.

Hacía frío.
Sus ojos tuvieron que acostumbrarse a la oscuridad antes de poder ver dónde se encontraba. Sin embargo, hacía frío. Lo notaba en su piel. Era mordiente y atravesaba su carne hasta llegar al hueso.
La humedad se le pegaba en el pelo, aplastándolo contra su delicado rostro.
Sus labios expulsaban vaho con cada respiración rota.
Las rótulas se resintieron. Todavía permanecía arrodillada, con las manos sobre un suelo pedregoso. Se le antojó sucio. Notó su camisón pegado a su cuerpo, empapado en una mezcla de sudor y rocío. No obstante, los ruidos provenientes del espejo ya no se escuchaban.
Se puso en pie lentamente y alcanzó una pared a su derecha, con la yema de los dedos. Al fondo se veía un poco de claridad.
Estaba en un túnel.
Tragó saliva al comprenderlo, procurando no hacer el más mínimo ruido. No era un túnel, exactamente. Nina se encontraba al otro lado de la muralla del castillo, en una de las cloacas que desembocaban en el lindero del bosque.
La joven retrocedió. Quiso volver por donde había venido. Quiso encontrar un hueco en la oscuridad que la llevase de nuevo hasta sus aposentos, pero sus manos alcanzaron unas poderosas rejas de hierro que le obstaculizaban el paso.
Nina se acordó de Púrpura. El hada se había quedado en su dormitorio. Podría buscar ayuda.
La joven observaba el otro lado del túnel mientras sus pensamientos discurrían en un afluente indomable de ideas buscando alguna solución.
Su corazón latía desbocado. Sabía perfectamente que para poder regresar al castillo tenía que salir al exterior, rodear la muralla por el lindero del bosque y llegar a las puertas principales donde estaban los vigías.
Pero estaba aterrorizada.
La mera idea de caminar tan próxima de los árboles bloqueaba su cuerpo. Hacía varios minutos que no se movía, de hecho. Simplemente esperaba. Esperaba que ocurriera algo. Escuchar un ruido o unas ramas zarandeándose. Ver algo en la oscuridad.
Unos ojos amarillentos.
Sacudió aquellos pensamientos insanos para desprenderse de ellos. Su imaginación desbocada estaba haciéndole daño. Si seguía paralizada acabaría pasando la noche en aquellas cloacas. ¿Era esa la mejor opción? ¿No moverse de allí? Sin embargo, las rejas que tenía pegadas a la espalda no la reconfortaban. Si algo entraba en el túnel, no tendría forma de escapar de allí.
Su respiración se volvió más lenta. Procuraba controlarla para no hacer ruido. Además, la escasa iluminación natural apenas le permitía ver nada. Únicamente cierta claridad al final del trayecto.
¿Debía salir al exterior?
Nina meditó unos segundos más, esperando que algo sucediera. Su cuerpo estaba en tensión, pero la tranquilidad de la noche seguía sin alterarse.
Finalmente se armó de valor y consiguió avanzar unos pasos, muy lentamente, acariciando la pared con su mano derecha para no perderla de vista. Sus pies descalzos absorbieron el frío. Apenas había reparado en eso. Notaba el suelo pedregoso bajo la tersa piel. Era consciente de que si lograba regresar a la seguridad del castillo, tendría un aspecto espantoso.
Nina escuchaba su propio corazón. Tenía tanto miedo que podía contar sus pulsaciones sin necesidad de apretarse las venas. Cada paso que daba la alejaba más de las rejas, así como de la oscuridad del túnel.
Tal vez fuera mejor permanecer escondida en las cloacas. Si salía al exterior corría el riesgo de ser descubierta. Aún estaba a tiempo de retroceder, pero la simple idea de darse la vuelta y dejar su espalda al descubierto la amedrentaba.
¿Qué debía hacer?
La joven decidió seguir avanzando. Quería escrutar el lindero del bosque desde una distancia prudencial, por lo que se mantuvo escondida entre las sombras protectoras del túnel sin llegar a salir a la claridad que ofrecía la muralla.
Observó los árboles.
La espesura del bosque y la oscuridad nocturna eran tales que no se podía ver otra cosa más que la primera línea de ramas retorcidas, hojas y troncos nudosos.
Nina esperó. Esperó con la respiración contenida. Esperó minutos hasta que perdió la noción del tiempo.
Esperó a que algo ocurriera.
Meditó mucho. Sabía que estar ahí escondida la ocultaba de posibles peligros y, al estar cerca del bosque, tenía una oportunidad de salir corriendo de las cloacas pegada a la muralla.
Pero eso no hacía otra cosa que aumentar la tensión que sufría. Sus pantorrillas empezaban a dolerle.
Aguardaba.
Su imaginación se había descontrolado, por lo que únicamente esperaba algún tipo de ataque. Tal vez un ladrón. Puede que un asesino.
Escuchó algo. Dirigió su mirada hacia unos arbustos a punto de vomitar su propio corazón. Temblaba.
¿Qué había sido eso?
Los árboles expulsaron una bandada de pájaros que echaron a volar repentinamente hacia el cielo sin luna, perdiéndose entre las estrellas en un mar de aleteos escandalosos.
Nina experimentó algo parecido a un bombardeo en sus arterias.
La sangre fluía descontrolada mientras su corazón intentaba recobrarse del susto. Apoyó su hombro contra la pared de piedra, consciente de que estaba a punto de caerse de bruces contra el suelo.
Malditos pájaros.
Cuando pensaba que el ruido inicial lo habían provocado ellos, escuchó un segundo que la hizo mantenerse alerta de nuevo: una rama se había roto.
Quiso pensar que sería algún ave rezagada, pero su instinto le decía que había algo ocultándose tras la vegetación.
Nina se arremangó el camisón blanco por encima de las rodillas. Estaba preparada para salir corriendo en cuanto divisara el peligro.
¿Lo estaba?
Notó la bilis trepando por su garganta. La situación la estaba superando. Tal vez fuera una pesadilla. Tal vez fuera real y el ruido fuera un producto de su imaginación.
Tal vez estuviera apunto de morir.
–Púrpura –la llamó vocalizando su nombre, evitando producir el sonido de las sílabas.
La necesitaba. Necesitaba su magia para tranquilizarse.
Hacía mucho rato que se arrepentía de haberse colado por el hueco de la chimenea, dejando a su hada encerrada en el dormitorio. Seguramente el ser feérico estuviera a salvo.
¿Y ella? No.
Algo la observaba desde la espesura de los árboles. No podía verlo, pero su instinto le indicaba que había dejado de estar sola. El terror que sentía se intensificó. Había sido descubierta. Ya no estaba a salvo.
Correr siguiendo la muralla era la única opción de llegar hasta las puertas principales. Pero eso suponía dar la espalda al peligro. No sabía qué había ahí fuera, pero seguramente correría más que ella. ¿Estaba dispuesta arriesgarse? ¿Estaba dispuesta a salir corriendo y no ver qué le acechaba? Tal vez fuera mejor no verlo.
¿Era mejor esperar escondida entre las sombras del túnel?
Tal vez fuera un ciervo. Intentó convencerse a sí misma, pero sabía que dichos animales eran pacíficos y no asustaban a los pájaros.
Lo que la acechaba era un depredador.
Un lobo. O una manada.
Nina intentaba digerir sus propias conclusiones a punto de sufrir un ataque de pánico. Necesitaba conservar la calma, pero, ¿cómo iba a hacerlo en aquellas circunstancias?
La joven soltó su camisón –que se deslizó dócil hasta sus tobillos–, para ocultar su rostro entre unas manos temblorosas. Estaba agotada. No pudo más y cayó de rodillas al suelo.
Lo había hecho. Se había rendido.
La espera era demasiado cruel e inhumana. Necesitaba algo. Una reacción. Un aullido. Tal vez un mordisco que le hiciera ver que no estaba loca y que todo aquello era real.
Las ramas se zarandearon, produciendo el sonido que había escuchado antes.
Nina se aventuró a separar ligeramente los dedos que cubrían sus ojos. Tenía miedo, pero una curiosidad ponzoñosa se apoderó de sus arterias.
La oscuridad nocturna le impedía ver con claridad. Sin embargo, sus pupilas enfocaron una figura enorme saliendo de entre los árboles. A pesar de su tamaño, la joven descubrió que se encorvaba hacia delante.
¿Qué era aquello?
Nina entreabrió los labios y el aliento huyó de su boca para convertirse en vaho. No parecía humano. Retiró las manos de su rostro para poder observarlo mejor cuando un escalofrío recorrió su espina dorsal.
Tenía cuernos. Su silueta en forma de espiral se vio recortada contra el cielo estrellado.
Unos cuernos de carnero. Puntiagudos.
La muchacha no se pudo mover, más aquel extraño ser avanzó hacia ella con pisadas fuertes. Nina desvió la mirada hacia el suelo, asustada. Tenía que salir de ahí. Escapar. Pero no podía moverse. Estaba completamente paralizada.
Escuchó su respiración. Era grave y lenta. Expulsaba vaho por la nariz. Nina se atrevió a elevar la mirada cuando sus ojos se toparon con unas garras de uñas duras y afiladas.
¿Qué era aquello?
No lograba catalogar a la criatura. Sus pies acababan en pezuñas y algo parecido a un hocico ocupaba el lugar de la nariz mientras que un espeso pelaje oscuro recubría todo su cuerpo.
La joven buscó su mirada. Quería encontrar algún atisbo de humanidad que le diera esperanzas para luchar por su vida.
Y entonces lo escuchó. Escuchó unos golpes rítmicos, los mismos que la habían atormentado en sus aposentos.
Su corazón.
Nina se vio reflejada en unos iris ambarinos donde la inteligencia parecía estar atrapada en ellos. Estiró levemente los labios, todavía arrodillada en el suelo. Su silueta era tan grande que abarcaba toda su visión, impidiéndole contemplar el brillo de las estrellas.
El miedo acabó desapareciendo y el tiempo pareció detenerse.
Nina no regresó al castillo aquella noche. Ni las noches siguientes a esa. El pueblo entero la buscó durante días, pero fue su hermano quien –acompañado por Púrpura y por uno de los guardias–, descubrió unas enormes pisadas al lado de las cloacas que conducían hacia el interior del bosque y, junto a ellas, las de unos pies mucho más pequeños y delicados.
Alan comprendió que su hermana se había ido para siempre con una bestia y, comprendió también, que lo había hecho de manera voluntaria.


Regla número uno: nadie puede salir del castillo durante la noche.
Regla número dos: los señores de alta alcurnia permanecerán encerrados en sus aposentos desde el ocaso hasta el alba. Los únicos que merodearán por los pasillos serán los guardias.
Regla número tres: todas –absolutamente todas– las puertas estarán debidamente cerradas con llave, atrancadas con algún mueble o ambas cosas, (así como también las ventanas).
Regla número cuatro: los espejos del castillo deberán ser cubiertos con telas o paños.
Las reglas anteriores deberán cumplirse sin excepciones.

*Regla número cinco: no cruzar la chimenea.

Comentarios

  1. Acabo de leerme las dos partes del relato y he quedado fascinada. Me has mantenido intrigada todo el relato, si bien esperaba un final sangriento, cubierto de vísceras y tripas. Tanto la descripción de los personajes (ella, dulce, frágil, hermosa y él, una bestia) como la ambientación (un castillo digamos "encantado") me han recodado a "La bella y la bestia", sobre todo en el hecho de que al final ella ya no le tenía miedo a la bestia y se ha ido con él voluntariamente. En resumen: una obra maestra!

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  2. ¡Hola, Athenea!
    Me alegra verte de nuevo por mi blog, pero sobre todo me alegra que te haya gustado tanto esta pequeña historia.
    Este era el relato que iba a presentar al concurso literario a principios de verano, pero al final no me animé. Me eché atrás porque a mis padres no les hizo mucha gracia, no les convenció el final y acabé pensando que no merecía la pena enviarlo al concurso.
    Me alegra que a ti te haya gustado tanto, la verdad. Siempre valoro mucho tus críticas.

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